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viernes, 28 de noviembre de 2008

Una escena más...


Sus ojos chispeaban con la luz de la farola que les iluminaba en aquella solitaria avenida. Fuera el frío o las palabras que acaban de resbalar desde sus labios, lo cierto es que unas lágrimas habían comenzado su recorrido para desembocar donde su mentón formaba un óvalo perfecto. El viento corría caprichoso, haciendo que sus cabellos ondearan al compás de su vuelo.


Hermosa. Si hubiera tenido palabras que dar desde el nudo que se formaba donde antes había una garganta, 'hermosa' habría sido la única descripción que habría tenido para ella. Su mirada parda, sus labios del sabor de la miel, su piel salpicada con algunas pecas, dándole el aspecto de una niña traviesa, urgían una respuesta a la pregunta que eran esos puntos suspensivos al final de una frase a medio concluir.


Solo un gesto, cuando una palabra no describe un sentimiento, es solo el gesto suave el que tiene cabida. Un corto movimiento de la cabeza. Aventurándose a acercarse levemente a los labios de sus sueños.


Silencio. Por unos segundos en el silencio solo se oyó el paso mudo de dos viajeros que se atrevían a compartir por enésima vez un viejo camino… Y anclaron esa silenciosa promesa del tierno beso con un nudo formado por sus brazos.


Era un instante fugaz en el que los golpes de la vida, el frío de las noches y la lluvia de la soledad pasaban de largo a su lado, sin detenerse siquiera para recordarles que ahí estaban.


Después de todo es un momento especial aquel en el que podemos disfrutar de condenarnos con otro a vivir una compartida soledad.

miércoles, 19 de noviembre de 2008

La vié en rose


Lucía miró ensimismada las grandes lámparas de la antesala del teatro.
Era su primera vez en el ballet.
La idea de asistir no la había entusiasmado demasiado al principio. A sus ocho años, todo lo que recordase a música clásica sonaba más bien aburrido. Su madre había insistido en llevarla y, finalmente gracias a que su prima, sólo dos años mayor que ella, parecía encantada con la idea, había accedido a ir.
Sin embargo, ahora que se encontraba aguardando la hora del espectáculo en la recepción, se alegraba de estar allí. Estaba emocionada con tanta gente alrededor. Miraba, maravillada, los elegantes trajes que vestían las señoras mientras sonreían y conversaban sosteniendo copas de champán entre sus manos; las enormes alfombras rojas que cubrían el suelo y subían las escaleras hacia los palcos; las altas cristaleras que provocaban juegos de luces sobre el interior del vestíbulo… Le parecía estar casi en un palacio, rodeada de “gente importante”.
Al fin, dos caballeros vestidos de “pingüino” abrieron las doradas puertas del teatro permitiéndoles el paso.
Su madre las guió al interior y Lucía contempló asombrada la grandeza del salón mientras buscaban los asientos correspondientes. Habían tenido suerte, pensó al sentarse en la quinta fila, muy cerquita del escenario. Desde allí se vería estupendamente, aunque por otra parte no dejaba de sentir cierta envidia de las personas que estaban todavía acomodándose en los palcos. Desde allí arriba gozaban de una posición privilegiada y podían ver a todo el mundo. Seguramente sería gente con mucho dinero.
Por fin, las enormes cortinas se abrieron y la lejana música comenzó a sonar, creciendo a medida que las luces mostraban una silueta. En el escenario, solitario, un anciano de ropas raídas caminaba con la mirada perdida, tocando su acordeón y cantando una nostálgica melodía en francés. Parecía pobre, pues su abrigo estaba roto, y se abrazaba a su botella de vino con cara triste, como queriendo recordar alguna antigua aventura mientras cantaba. A su alrededor, los bailarines danzaban historias de amor, de tristezas, de alegrías pasadas… Mientras, él se paseaba animando al público a cantar con él. Lucía cantó a pleno pulmón, palmeando con todas sus ganas, animada por el resto del público que entonaba aquella bonita canción junto a aquel loco y tierno anciano. Todo el mundo le aplaudía y le quería.
Cuando terminó la actuación, los actores y bailarines salieron a recibir el baño de multitudes. Lucía aplaudía encantada. Había disfrutado enormemente y cuando el anciano salió, fue la primera en levantarse de la silla. El público lo recibió con una enorme ovación a la que él respondía con su tierna sonrisa despistada, continuando su papel como si aquella actuación no hubiese existido para él, si no que accidentalmente se hubiese tropezado en el escenario en un solo momento de su vida. Era, sin duda, la estrella de la obra.

Cuando salieron al exterior, la pequeña continuaba con la emoción que había ido creciendo desde su entrada al teatro. No dejaba de hablar mientras recreaba torpemente la danza de los bailarines agarrada del brazo de su madre. Ésta la dejó hacer, pero advirtiéndola con la mirada. Se sentaron en uno de los bancos de la estación de tren, a esperar el que había de llevarlas de regreso a casa. La noche había caído mientras ellas estaban en el teatro, y el tiempo había refrescado.
Su madre se sentó y se anudó un pañuelo al cuello para cubrir su desnudez. Lucía, de pie, seguía danzando sonriente.
Tras unos minutos, un anciano se asomó por la entrada de la estación. Sus ropas de abrigo estaban sucias y un poco rotas, y su pelo blanco y mal cortado parecía no haber sido lavado en mucho tiempo. Llevaba una gran bolsa cerrada con cremallera que casi arrastraba por el suelo. Caminaba con dificultad, despistado, entre las columnas del andar. Lucía lo miró divertida. Él se percató y le sonrió mostrándole una dentadura en la que faltaban la mitad de los dientes. Ella se rió y le dedicó una pirueta como las que había visto hacer a los bailarines. Él aplaudió complacido y le respondió con una reverencia.
- Lucía, ven aquí. –el tono de su madre sonó firme y enfadado. La pequeña la miró entre sorprendida y asustada.
- ¿Qué pasa, mamá? –preguntó sentándose a su lado.
- ¿No te he dicho que no hables con extraños? No te acerques a esa gente.- añadió en un susurro.
Lucía miró a su madre y frunció el ceño, confusa. Intermitentemente y con la cabeza llena de interrogaciones intercambió su mirada entre su madre y el anciano que, apenado, se había ido a tumbar en banco más alejado y solitario de la estación.

miércoles, 18 de junio de 2008

Una huida más.

Hay momentos en los que miras alrededor y decides arriar las velas. Parece que todo está en calma, y que hace un hermoso día. Que todo lo que se puede hacer para mejorarlo es escoger ese mismo momento para desaparecer, ya que todos encuentran su norte y uno por el contrario cae en picado como si fuera un avión de plomo lanzado desde un balcón.

Muchos han cruzado palabras conmigo, unos pocos han cruzado también cervezas, y otros, sencillamente, son mi circulo de confianza. Hoy puedo deciros lo que quizás choque a más de uno: Adiós.

Las despedidas, cuanto más cortas, más fáciles de dar son, pero os debo la explicación. Los estudios no me han ido bien, ni siquiera regular, han sido una mierda –aunque aun me queden dos exámenes, es harto probable que me quede todo, por lo cual marcharé en poco tiempo –unos meses- a la capital. Usease, a Madrid. Para empezar de cero, hay posibilidades de curro, y tengo localizado piso.

Axial que como siempre, o como muchas veces, levo anclas en pos de nuevas tierras aún no exploradas en profundidad. Me enorgullezco de haberme cruzado en vuestras vidas. Unos me seguirán viendo vía fotolog o vía MSN, otros quizá no me vean nunca más, otros me verán con más asiduidad, en caso de que residan en esa gran ciudad… lo único que tengo para daros son los pocos meses que permanezca aquí, en mi hermosa y cálida Sevilla, sé que dejo mucho atrás, amigos, consejos, peleas, risas… hechos que se convertirán en recuerdos cuando haya dejado de estar en mi tierra. Besos que se convertirán en el pasado. Y canciones que quedarán soldadas a las caras de todos los que llevaré en mi corazón.

Algunos os enfadareis, y lo interpretareis como un abandono. Nada más lejos de la verdad, es un acto que no busca abandonaros, lo que busco, con esta independización, es madurar. Adquirir aplomo. Ver mundo. Quizás vuelva, quizás le coja cariño a la ciudad gris y me quede allí. Pero debéis saber que siempre tendréis una birra en la capital a disposición de quien me llame.

Hoy empieza la cuenta atrás para comenzar un viaje hacia un incierto futuro cargado con maletas llenas de recuerdos y cigarrillos de oloroso humo. Puesto que seguiré posteando, podré leer vuestras críticas, insultos o ánimos… pero al menos así lo pongo a viva voz para que no pueda arrepentirme en el último momento. Gracias por haberme leído… y para quien haya llegado hasta aquí, os cedo un regalo. Una frase de cosecha propia, para quien decida algún día tomar mi testigo y escribir alguna historia:


“La historia perfecta nace de un buen comienzo. La trágica de un gran final. Y los buenos finales de una gran transición.”

miércoles, 21 de mayo de 2008

Retrato de una estampa del pasado.

La luz de una chimenea apagada muchos años atrás iluminaba la limpieza de los polvorientos suelos de la estancia. Libros convertidos en trozos de comida para las ratas y estantes presa de la carcoma decoraban la habitación, adornada también con viejos retratos de personas que hacía mucho que no pisaban esos suelos. Los cristales de la casa, recubiertos de mugre, ya no dejaban ver lo que se hallaba en el exterior. Y frente a la chimenea, un viejo sillón de orejas, que antaño había cobrado un color rojizo, esperaba aún que su dueño volviera a reposar en él, aunque los muelles sobresaliendo del lugar donde el cuerpo debía descansar asomaran. Los bustos de la habitación, tenían un recubrimiento de moho, e incluso del techo, en algúna que otra gotera asomaba un rastro de plantas que solo Dios sabría como habían llegado ahí... Y en una pared, un grabado con una frase de una antigua película rezaba:



“¿Qué es un fantasma? Una tragedia condenada a repetirse una y otra vez. Un instante de dolor quizá. Algo muerto que aparenta estar vivo. Una emoción suspendida en el tiempo. Como una fotografía borrosa. Como un insecto atrapado en ambar.”



En el fondo no era más que una vieja habitación. Con su propietario olvidado en el tiempo.

martes, 29 de abril de 2008

Dos hermanos


Ambos guerreros estaban uno frente a otro. Sus espadas centelleaban con cada resplandor del fuego que los envolvía a ambos. Era un enfrentamiento temido, no tanto por lo seguro del destino que aguardaba, como por ser una lucha entre hermanos, entre camaradas que habían rendido honor a un mismo señor, que habían sangrado junto a una misma bandera. Uno, guardián de su reino, otro emisario del mismo. Y ahora, enfrentados por un mismo ideal. Llevaban luchando a brazo partido minutos, las corazas arrojadas al suelo, los escudos tirados a las llamas, y las espadas defendiendo y atacando como las lenguas de fuego que poco a poco se aproximaban.

- ¿No entiendes que esto es lo justo? ¿No entiendes que la tiranía de nuestro señor ha llevado a la miseria a nuestro pueblo?

- ¿Pueblo? ¿Hablas del mismo pueblo que has hecho que se estrelle contra nuestras defensas? –el que hablaba amagó un ataque y esquivó a duras penas el zigzag que hizo la espada de su oponente frente a él- ¿El mismo que ha pasado a cuchillo a todos los que se refugiaban en estas tierras?

- ¡Maldito iluso! ¡El hambre estaba acabando con ellos! ¡He actuado por ellos!

- Aún a sabiendas de que ese movimiento en el tablero conllevaría enfrentarte a mí.

- Aún estás a tiempo de unirte a nosotros. Junto a ti, todos los defensores de esa estupidez llamada corona dejarían las armas para dar lo que el pueblo suplica a gritos –el humo hacía que las lágrimas afloraran en los oscuros ojos del guerrero.

- Me debo a los míos. Debo mi lealtad a mi rey. Igual que tú eres el adalid de tu pueblo yo soy el héroe de mi reino… No debiste venir aquí.

Pasaron unos instantes de silencio, solo roto por el crepitar del fuego que engullía las maderas del edificio donde se habían encontrado. Del sitio donde estaban manteniendo su pulso personal. El de los ojos oscuros fijó su mirada en quien había sido su compañero y susurró:

- Has visto la muerte, ¿hermano?

- Cada vez que me miro al espejo, joven guerrero –la espada oscilaba de izquierda a derecha y realizando un breve saludo con ella continuó- Hoy la muerte morirá… llevándose su última presa.

Y en un último ataque, las espadas chocaron.

sábado, 19 de abril de 2008

Frente al espejo



A veces, cuando la imaginación está caprichosa, una imagen puede ser la más sugerente de las inspiraciones. Esta aburrida noche del sábado me ha llevado hasta un espejo colgado en una pared, donde se refleja una escalera. Al principio no le vi demasiado sentido, sin embargo, tras mirarla durante un largo rato, alguna de mis famosas paranoias comenzó a zumbarme por la cabeza.
Esta vez me tocó hacerme una pregunta: ¿cuántas veces nos miramos al espejo? No me refiero a lo que hacemos todas las mañanas cuando nos despertamos y comprobamos los pelos que se nos han quedado al dormir, o cuando nos arreglamos y lo utilizamos para tratar de vernos mejor. Me he preguntado cuántas veces nos paramos realmente a observar nuestro interior frente al espejo. A pararnos frente a él y mirar a los ojos de la imagen que nos enfrenta; a esperar a que nuestra propia valoración de nuestra conciencia transforme esa imagen en lo que realmente nos hemos convertido. Tal vez en el niño que no hemos dejado de ser, tal vez en una máscara teatral oculta por el día a día, tal vez en un monstruo que aterraría a ese niño del principio… Es posible que este último miedo a que el otro lado del espejo nos muestre los peldaños de bajada de una escalera en la que creemos estar subiendo es lo que nos hace rehuir de ese pausado momento frente a él.
Yo lo he intentado. Reconozco que los ojos que me devolvieron el saludo, me asustaron.

sábado, 22 de marzo de 2008

Estamos en crisis



- Estamos en crisis. Fíjate bien, -el dedo índice pasa zumbando ante la cara del otro para recaudar todavía más atención al énfasis que de por si confiere su tono de voz, -la mitad de mi sueldo se me ha ido este mes en la hipoteca; y la otra mitad, en facturas.
- Amén. –asiente el interlocutor, hombre tan robusto como callado, mientras saborea su trago de Osborne.
- Aún con el sueldo de mi mujer, a duras penas conseguimos tirar. Entre pagar escuela, pagar gasolina, pagar comida… Hoy somos tres a dormir en mi cama: mi mujer, yo y la hipoteca. Es el nuevo contrato matrimonial, pero sin dos personas que lo sustenten, está abocado al fracaso. –un contundente giro de cabeza y su compañero asiente con brío. –Es la esposa más exigente e infiel que te puedes echar a la cara. Fíjate que hoy se acuesta con más de la mitad de España… -los dos se permiten una amplia carcajada que hace bailar los licores en los vasos. -¿Y los sueldos? Diez años llevo ya trabajando para la misma empresa. Diez años, ¡diez! –los dedos de sus manos se abren insistentemente ante las narices del atento oyente. –Y malditas las cuatro perras que me han subido en todo ese tiempo. Son unos chupasangres. –su interlocutor se permite un ligero gruñido que acompaña el cabeceo de aprobación. –Pero la culpa es nuestra, que nos dejamos sangrar. Si fuera como antes… ¿Antes? Antes esto no era así. Eran otros tiempos. Difíciles y aún así el pueblo sabía pedir su lugar. –el puño cayó pesadamente sobre la mesa. –Nos hemos vuelto conformistas, tan protestones y gruñones que solo sabemos quejarnos de los latigazos sin amarrar el brazo que nos fustiga. –hace una pausa y se permite otro trago de coñac mientras la tez roja de su cara vuelve a la normalidad tras la exaltación del momento. – ¡Estamos en crisis, joder! Y lo que hace falta, ¡es una revolución! Tanta manifestación y tanta firma que no sirve de nada. ¡Actuar es lo que hay que hacer! –su cara recupera progresivamente el color rosado mientras su puño se cierra con potente teatralidad. -¡Tomar las riendas! ¡Ni impuestos, ni hipotecas, ni IPC, ni gaitas! ¡A esos cabrones es a los que hay que ponerle la soga al cuello!¡Pero una bien gorda!
- ¡Amén! –secunda asintiendo con la cabeza.
- ¡Camarero! ¡Cóbrame! –grita al muchacho que está detrás de la barra secando la vajilla.
- ¿Dos coñacs? Doce euros. –dice tranquilamente. El hombre se termina su trago y saca su cartera a regañadientes. Abre el hueco de la billetera comprobando que le queda un billete de cinco euros.
- ¿Aceptas tarjeta?

martes, 18 de marzo de 2008

Gaia.


El muchacho tenía entre sus manos un instrumento de viento formado por madera. A su alrededor, una decena de cachorros metis le preguntaban y bromeaban con él. Era el tejecuentos. Se decía que al llegar las fiestas nunca repetía una historia, y que sus palabras podían hacer aflorar la pena más honda, así como la alegría más reconfortante.

- Maëlwyn ¿quién es gaia? –pregunto tímidamente uno de los niños con los ojos ligeramente entrecerrados.

El galliard jugueteó un poco con la flauta, sopló por uno de sus agujeros para comprobar que estaba hecha en condiciones y comenzó a hablar, con una voz suave como el viento al acariciar la hierba en verano.

- Gaia es nuestra madre –todos guardaron silencio al ver que iba a contar otra historia más– No Liz, tu madre. O la tuya Arthel… si no una madre de todos. Quien nos dio la posibilidad de vivir aquí… aunque también es donde vivimos. Gaia es todo. Por eso es demasiado difícil de explicar. Podría deciros que es algo que deberíais comprender al haceros mayores… pero es mi deber explicároslo, así como hicieron conmigo. ¿Veis esa flor? –los chiquillos corrieron hacia ella y cuando uno de ellos fue a arrancarla de la planta donde estaba unida el galliard lo detuvo– No, ella también es Gaia. Gaia nos rodea… y nosotros también somos gaia. En todos nosotros hay una parte de ella. Es quien nos guía, quien nos aconseja qué hacer… gaia es esa voz que nos orienta. La fuerza con la que seguimos en pie aunque nos vayamos a caer. Gaia… -susurró mientras su mirada se perdía más allá en el bosque. Los cachorros comenzaban ya a moverse de nuevo como críos que eran. Y de nuevo el galliard hizo de compañero de juegos mientras de reojo miraba parte de lo que era gaia.

lunes, 10 de marzo de 2008

Diagnóstico


Me muero. Lo sé. El doctor lo dijo. Me comenzó a dar mala espina desde que acudí a su consulta y en lugar del “buenos días ¿como está?” dijo que lamentaba tener que darme una mala noticia.

Todo empezó hace unos días. Cuando desperté en medio de la noche. Empapado en sudor. Con una tos bronca, fuerte, desgarradora. La sangre acojonó lo suyo, pero lo que de verdad tuvo el mérito del susto fue la siguiente tos. No eché sangre, o bilis. Me arranqué un trozo de mí.

- Cáncer –las palabras cayeron como un hacha sobre la cabeza de un condenado –Terminal. Puede que le resten dos meses “tranquilos”. Después llegará el dolor. Si lo desea… el hospital tiene buenas instalaciones… Lo siento…

Joder. ¿Lo siente? ¡Y una mierda! Lo siento yo. Yo soy a quien le acaban de poner fecha de caducidad. El que ya empieza a respirar con la muerte pegada a la espalda.

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Tiré los cigarrillos a la primera papelera que vi. Pensaba que habiendo vivido tanto lo mínimo era morir a manos de algún capullo con suerte. Dejar el mundo con una sonrisa socarrona y mi cigarrillo en mis labios, como tantas veces había irrumpido en las reuniones. No así. Nunca imaginé que fueran a matarme ellos, pero así es ¿A quién pretendo engañar? Dos paquetes diarios desde los trece años ¿Qué esperaba? Yo mismo me asesiné.

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He comprado otro paquete. Total, más jodido no puedo estar. Los pulmones me ardieron al correr para alcanzar el puto taxi. Ya no pienso “me estoy haciendo viejo” ahora lo que planea sobre mi mente es “me muero”.

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He ido apartando poco a poco a mis colegas de mi lado. No tienen porqué soportar esto. Miro atrás y no me arrepiento de haber vivido como lo he hecho. Sin embargo, ahora miro delante y tengo miedo.

Esta mañana desperté envuelto en sudor otra vez. A tientas busqué el paquete y me encendí un cigarrillo más. No he tenido que ir al baño. Supongo que el jarabe que me ha recomendado el doctor me evitará tener que echar el resto de mis pulmones.

Miré el revolver. Lo rocé con la punta de mis dedos. El frío tacto del metal hizo que me lo pensara. Tampoco es el final que tenía pensado ¿Qué coño puedo hacer?

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Cat me lo dijo ayer. El comentario que necesitaba para despertar. Para agarrar las pocas fuerzas que quedan: “Si tan poco tiempo te queda, si tan poco tienes que perder… si tanto quieres vivir… Joder, vívelo. Date el lujo ¿Quién sabe si mañana vas a tener suficiente valor para hacerlo?” Pese a ello. Aunque sé que me quedan cosas que vivir.

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Hoy solo quiero esperar. Tener en mi mano el whisky. En mis labios el cigarrillo y esperar ¿Acaso no es lo que hacen los condenados a muerte?

Cuando venga y me vea con mi cigarrillo, mi alcohol, y mi jodida sonrisa burlona, lo sabré completamente segura:

“He vivido bien. Pero sé morir mejor.”

martes, 4 de marzo de 2008

El escritor y su musa.


El escritor miraba como golpeaba la lluvia en los tejados mientras en su ventana veía a su vez la luz del sol chocar. El minutero del reloj había avanzado dejando tras de sí un lastimoso chasquido y el constante resonar del segundero, que impasible seguía su camino hacia otro minuto más. Lo tenía frente a él. Lo podía contemplar como si hubiera salido de su mente por una vez, para poder hablar con él.

- ¿Qué vas a hacer ahora? –dijo el escritor.
- ¿Qué crees que haré ahora? Después de todo. Yo no soy más que un reflejo de todo lo que has intentado ser –la creación estaba empapada. La calle que había tras ella estaba repleta de charcos, embarrada, sin nadie caminando por allí, salvo el “espejismo” que había dirigido la palabra a su padre.
- No lo sé. Por eso te pregunto qué quieres hacer.
- Si tú no sabes qué quiero... ¿Quién puede saberlo? No soy más que uno de esos hijos que has concebido para una de esas ilusiones que llamas historias. No recuerdo mi pasado. Ni tampoco puedo saber mi futuro. Mis gustos dependen en gran medida de los que tú me das, mi aspecto, no cambia, pero no lo tenía hasta que esas palabras que tienes en el libro fueron escritas... ni volveré a tener aspecto hasta que otro los lea. Podría ser alto o bajo. Podría ser rubio o moreno. Tener los ojos verdes o marrones. Todo depende de lo que tú desees darme. Igual, incluso podrías hacerme chica, ya que ni siquiera has especificado un sexo en mi breve descripción.
- En ese caso... eres una chica. ¿La recuerdas a ella? –el escritor rozó con sus dedos una foto impresa en papel sepia antiguo y su creación sonrió.
- Claro que la recordamos... ¿pero estás seguro de desear que sea así? Quizás el recordar te duela más a ti que a mí... –la creación, había comenzado a tomar la forma de una joven, de pelo castaño claro y ojos claros. Su piel era pálida, pero no era una palidez que mostrara enfermedad... su voz fue lo que más le sorprendió. Había tomado la voz de aquella joven, a medida que había ido tomando su forma. Entonces le sonrió y era como aquel vivo recuerdo que tenía de ella... no. Era ese vivo recuerdo.
- Sigo sin saber qué haré contigo...
- Déjame seguir mi camino bajo la lluvia... en estos momentos... lo prefieres.


El sol se empezaba a ocultar en la calle del escritor, y sobre el escritorio que tenía, una hoja con un fragmento de una historia que comenzaba con un “El escritor miraba como golpeaba la lluvia...” decía hola a la noche que iba a comenzar...

martes, 26 de febrero de 2008

Persecución


El coche de policía surcaba las calles al máximo de velocidad que le permitía su motor repleto de cilindros. Esquivando el tráfico como quien quiebra a defensores en un partido y saltándose semáforos que quedaban atrás en pocas décimas de segundo. Después de ello, el nuevo prototipo que estaban probando invitaba a ello.

La sirena aullaba su alarmado lamento mientras llegaban al lugar donde se suponía había sido visto por última vez el vehículo. Después de todo, el helicóptero en la noche no indicaba muy bien en qué calles se hallaría el objetivo. De repente una voz sonó en la radio y el helicóptero parecío centrar su foco en algún lugar calles más arriba. La máquina sobrecargada de gasolina corrió como un león en busca de su presa.

La avenida. Pocos coches. El foco del helicóptero. Allí estaba. Pisó a fondo el conductor y aceleró, probando el máximo de velocidad de nuevo, oyendo rugir el motor deportivo modificado, casi sintiendo como el motor sufría todo el calor del NO2 quemándose entre los pistones. Las farolas y los demás coches eran luces que se perdían en la oscuridad lejana cuando quedaban a izquierda o derecha del vehículo. “No conseguiría huir. Sería un milagro que lo lograra” se dijo a sí mismo el patrullero cuando estaba a metros del coche perseguido. No huiría…










- ¡Josito! ¡Último aviso! ¡A comer ya! –los coches se detuvieron en las manos del niño. Después de todo los milagros suceden a veces.

- Jo mamá… un poquito más –sono la voz del niño desde la habitación. Un rugido de la madre- Por fiiiiii –Otro rugido más.

“Otra vez que el sospechoso se escapaba” pensó el patrullero mientras el coche era guardado en un cajón diferente del coche perseguido. Try again, police...

lunes, 4 de febrero de 2008

Una noche cualquiera...


Tumbado mirando el techo, mientras la sábana lo cubría de cintura para abajo, encendió un cigarrillo. La respiración acompasada de la joven que dormía junto a él arrancó una sonrisa de sus labios. Ella rozándole el costado con su espalda, cediéndole parte de su calor. Con el dorso de su mano acarició el cabello de la muchacha que seguía en esa cama, a su lado. Miró mientras se regodeaba en la sorpresa de descubrir lunares salpicando la espalda de la chica, otra sonrisa que se le escapó embelesado. Aspiró una calada más del cigarrillo y rememoró lo que minutos antes había sucedido.

Piel suave, aroma a dulce, reflejos de luces ajenas a la habitación reflejándose en los cabellos dorados de un ángel, las curvas de una mujer siendo recorridas sin prisa por sus manos, el aliento de una muchacha en su cuello… Ojos verdes taladrando los suyos en el momento que ambos se fusionaban. Besos pícaros que se convertían en besos tranquilos. Sonrisas y más besos. Bromas y juego. La unión de dos cuerpos que encontraban el paraíso en el del enfrente.

El cansancio no lo venció cuando ella se durmió, decidió seguir abrazándola, velar su sueño, después de todo, esa noche no era como otras, no tenía que huir como un ladrón antes del amanecer. Siguió recordando, deseando que el aroma de su piel lo arropara… y lo arropó.

No por extraño era menos agradable la forma de haberse encontrado ambos. Dos corazones desengañados del amor que no volvería intentando ahogas sus penas en vasos. Tras las bromas y el coqueteo en un bar donde los clientes iban acabando y marchándose poco a poco, el alcohol –o el amor- hizo que ambos acabaron en una misma habitación, en una misma cama.

Recordó el timbre de la voz de ella, guiándolo. Como dos personas que estuvieran aprendiendo de nuevo como andar, redescubriendo viejos secretos que nunca habían olvidado.

Los dedos continuaron recorriendo la espalda después de haber recorrido el cabello, que terminaba su largura en los omóplatos salpicados de lunares, y contempló como se erizaba la piel levemente.

Un susurro acompañado de un suave movimiento y de nuevo esa mirada de esmeraldas traspasando sus ojos y llegando a su corazón. Un beso más… Si eso era un sueño, que no llegara el despertar jamás.

Caricias que estremecían, más que la piel, el alma. Dos espíritus afines que habían entrelazado sus historias. Dos plumas que surcaban una misma hoja, un mismo renglón. Dos pinceles que coloreaban un mismo lienzo. Dos manos que creaban una misma pieza. Dos corazones que creaban un mismo sentimiento. Dos niños jugando a ser mayores.

Entrelazaron sus manos y se volvieron a besar. Hablaban mientras seguían tocando os acordes de la canción del amor, en la que no había cabida para los versos de funestos presagios, solo viejos momentos que ya no eran añorados, sueños a cumplir, futuros fusionados y encajados para compartirlos el uno y la otra…

Los sudores de ambos habían pasado a formar parte de un mismo bálsamo en el que bañar sus heridas. Solo estaban ellos, población de un planeta tan grande como esa habitación. Las pieles seguían rozándose, risas ahogadas y susurros para evitar que en su mundo entrase alguien más. Palabras que los envolvían a ambos. Él enterró su rostro en el cuello de ella y ambos hicieron un lazo alrededor del otro. Un lazo que no quería que se rompiera nunca. Sonaron promesas que durarían el tiempo que tardara el olvido en alimentarse de ellas en la memoria de ambos. Corazones abiertos de par en par… o por vez primera, ¿qué más daba?

Y el amanecer se encontró con las cortinas, para no sorprenderlos. Las cortinas apenas mecidas por la brisa del mar los vio dormir entrelazados. Enredados la una con el otro. Siendo ambos el protector y el protegido de quien se hallaba entre sus brazos, la esperanza de un futuro sin dolor, el perdón de sus pasados, un par con el que compartir una –dulce ahora- soledad.

Y el atardecer conjunto con el despertar llegó, pero daba igual, porque habían despertado juntos. Y eso era lo único que importaba.

martes, 29 de enero de 2008

El final.


Su silueta se recortaba en la ventana. La lluvia caía incesante frente al cristal, y su mirada se perdía en cada gota que iba continuando su caída cristal abajo. El flequillo le caía sobre unos ojos grisáceos que parecían haberlo visto todo. Entonces sintió el abrazo.

- ¿Qué ocurre? –sonó la voz que le había acompañado tanto tiempo. Aún sonaba frágil. Deseosa de saberlo todo a la par que temerosa de conocer las respuestas.

- Se está acabando.

Y el silencio los envolvió de nuevo, solo roto por el sonido de la lluvia y del reloj al realizar su incansable recorrido hacia la siguiente hora. Sintió el abrazo. Un abrazo protector, un abrazo sincero, un abrazo que evitaba cualquier golpe de una vida demasiado larga, un abrazo amigo. Los brazos que envolvían su cintura no querían dejarlo escapar. Pero ese momento era el final.

El humo del cigarro consumiéndose creaba el único cambio de color en la penumbra de la habitación. El olor a tabaco se confundía con el aroma que desprendía ella. La que siempre había sido su apoyo. La que tantas veces había roto su corazón y a la que tantas otras veces había acudido en busca de consuelo, para evitar que se terminara de romper el alma con la que sentía.

Se miro al cristal, y con las luces del exterior reflejadas en su mirada, vio el brillo de sus ojos. Seguía sintiéndose un villano. Alguien que no había conseguido nada. Entonces llevó su mano a las de ella, suspiró intentando que los pesares se fueran más allá. Fuera de aquella habitación. Pero no pudo. Cuando bajó la mirada a las manos que lo agarraban, surgió la esperanza. Pero al palparlas se desvaneció de nuevo. Nunca sería lo que había intentado ser junto a ella. No había cambiado su interior… solo su comportamiento. En el fondo, todo había sido mentira.

Y entonces, todo acabó.